Nocturne

33 PLANTAS

33 PLANTAS Elohi

Nació en una casa sin luz.

Un padre que se esfumó sin decir adiós.

Una madre que volvía a casa oliendo a extraños y a perfume,

y que cargaba con su rabia como si fuera un látigo.

Por la noche, aprendió a mantener su puerta cerrada.

Durante el día, aprendió que el silencio era más seguro que las palabras.

Sus hermanos, que debían protegerla, se convirtieron en la razón por la que temía respirar.

Cuando se lo contó a su madre, los labios de la mujer se curvaron con incredulidad.

—Si los pillo, ya me encargaré yo —dijo.

Pero nunca miró.

En la escuela, la crueldad no cesó.

Veían su forma de caminar, cómo le quedaba la ropa, el vacío en sus ojos,

y se lanzaban al acecho.

‎Risas en los pasillos.

Libros por los suelos de un manotazo.

‎Susurros sobre lo rara que era.

Aprendió a desaparecer a la vista de todos.

El dolor nunca se marchó, así que lo adormeció.

Pastillas.

‎Agujas.

Nubes de humo que nublaban sus pensamientos.

No quería rehabilitación.

No quería terapia.

No quería que la salvaran.

Solo quería dejar de existir.

—¿Para qué me trajeron siquiera aquí? —se preguntaba en la oscuridad.

Nunca hubo respuesta.

Cuando cumplió 20 años, reservó un billete a China.

Nadie sabía por qué.

Pensaron que era por aventura.

Era por escapar.

El balcón de la planta 33 estaba en silencio.

Las luces de la ciudad parpadeaban bajo ella como mil ojos indiferentes.

Pensó en su infancia, en las manos que la lastimaron, en las voces que se burlaron de ella, en la madre que nunca le creyó.

Entonces dio un paso al frente.


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